
El escenario electoral colombiano para 2026 refleja un fenómeno sin precedentes: más de 100 precandidatos presidenciales, de los cuales 65 buscan llegar por firmas ciudadanas. A primera vista, esta cifra muestra la vitalidad de la participación democrática. Sin embargo, también desnuda una profunda crisis en la representación política y la fragilidad de los partidos.
Los estudios sobre populismo han señalado que este no surge solo por la desaparición de la democracia representativa, sino por su deterioro. Los partidos, que deberían ser instancias de formación, disciplina y construcción programática, se han convertido en simples vehículos de acceso al poder. En Colombia, esto se confirma con la multiplicación de candidaturas independientes que, sin un proyecto de nación sólido ni ideología definida, se presentan como opciones “ciudadanas”.
La Constitución de 1991 establece requisitos mínimos para aspirar a la Presidencia: ser colombiano de nacimiento, ciudadano en ejercicio y mayor de 30 años. Estos criterios garantizan apertura democrática, pero dejan en el aire un dilema crucial: ¿basta con cumplir requisitos formales para gobernar un país tan complejo como Colombia? ¿realmente cualquiera puede ser presidente? ¿los gobiernos actuales han generado motivación a que cualquiera pueda ser presidente?
La jefatura del Estado exige mucho más: visión integral, conocimiento técnico, experiencia en gestión pública y capacidad de liderazgo. De lo contrario, la proliferación de aspirantes corre el riesgo de banalizar la política, convirtiendo la candidatura a la Presidencia en un escenario de visibilidad personal o de negociación de burocrática, más que en un espacio para plantear un proyecto serio de transformación nacional.
Más candidatos no siempre significan más democracia. Cuando la pluralidad carece de sustento programático, puede derivar en improvisación y en un terreno fértil para el populismo. El desafío está en reivindicar el papel de los partidos como espacios de construcción colectiva y exigir que los liderazgos individuales estén acompañados de preparación y responsabilidad.
La política debe recuperar su dignidad. Ser presidente de la República no puede reducirse solo al respaldo popular, se requiere además de imagen y estilo; capacidad, conocimiento, carácter y un liderazgo auténtico, capaz no solo de dirigir, sino de impulsar el desarrollo de toda una nación. La verdadera grandeza de la Presidencia radica en unir visiones, disminuir la polarización y construir un futuro compartido donde el poder no sea un fin en sí mismo, sino un medio para transformar la vida de los colombianos.
