las Ciudades en temporada de campaña electoral

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En cada ciclo electoral, las ciudades experimentan una activación temporal del espacio público y del tejido social que, aunque motivada por la competencia política, demuestra que la gestión colectiva y el civismo sostenido son posibles más allá del calendario electoral.

En épocas de campaña, las ciudades parecen despertar de un letargo prolongado. Espacios que durante meses —o incluso años— permanecieron vacíos, deteriorados o invisibles adquieren súbitamente un valor estratégico. Lotes abandonados se limpian, fachadas se pintan, zonas oscuras reciben iluminación y, casi de inmediato, emergen vallas, pendones y murales que reconfiguran el paisaje urbano.

Desde una perspectiva de gobernanza territorial, lo que ocurre es una activación extraordinaria del espacio público. Surgen brigadas de ornato, cuadrillas de limpieza, jornadas de embellecimiento y actividades de integración comunitaria que, en tiempos ordinarios, suelen recaer en instituciones locales. En la práctica, los activistas de campaña terminan suplantando temporalmente funciones institucionales, demostrando que la coordinación barrial, la transformación del entorno y el trabajo colectivo sí son posibles, incluso en contextos donde la capacidad estatal es limitada o intermitente.

Pero la activación no es solo material. También emerge una dinámica social intensa: vecinos que antes apenas se saludaban discuten propuestas, comparan candidatos, organizan reuniones y participan en manifestaciones. La política vuelve a ocupar las calles en su dimensión más comunitaria. Y aunque esta efervescencia puede generar tensiones —a veces inevitables— no es en sí misma negativa. Es parte del ejercicio democrático y evidencia que la ciudadanía es una práctica viva, no un concepto abstracto.


El fenómeno más llamativo llega después. Una vez pasa la contienda, la ciudad vuelve a su estado previo con sorprendente rapidez. Las vallas se desmontan, las brigadas desaparecen, los lotes regresan a su silencio habitual y el civismo que parecía renacer se diluye. Como en un juego de mesa, cuando la partida termina, todas las fichas regresan a la caja. La vida urbana retoma su ritmo, hasta que un nuevo ciclo electoral vuelva a sacudirla.


Este ciclo repetitivo deja una reflexión inevitable: si la ciudad puede activarse con tanta eficacia durante una campaña, también podría hacerlo en tiempos ordinarios. La diferencia no es de capacidad, sino de voluntad, coordinación y propósito. Las campañas demuestran que la gestión colectiva, el embellecimiento urbano y la integración comunitaria no son utopías; son prácticas posibles, pero lamentablemente intermitentes.

El desafío para nuestras comunidades —y para quienes las gobiernan— es romper esa lógica de activación efímera y construir un civismo sostenido, que no dependa de la contienda electoral para manifestarse. Porque las ciudades no solo se transforman en campaña: también se revelan. Y en esa revelación está la clave de lo que podrían llegar a ser.