
El inicio de un nuevo gobierno siempre genera incertidumbre. Quedan las tensiones de la campaña, unos ganan, otros pierden y, en un país con grandes divisiones políticas e ideológicas como Colombia, la transición puede resultar aún más compleja.
Pero terminada la competencia electoral, el territorio continúa.
Después de la posesión llega un momento que exige madurez política, serenidad y capacidad de liderazgo. Más allá de las afinidades ideológicas con el nuevo Gobierno Nacional, alcaldes, gobernadores y demás liderazgos territoriales mantienen la responsabilidad de representar a sus comunidades, gestionar sus intereses y construir mejores condiciones para su desarrollo.
Es momento de organizar las ideas, convocar a los equipos de gobierno y planeación, los consejos territoriales de política social, los consejos territoriales de planeación, articular municipios, departamentos y regiones, hacer uso de la participación ciudadana y revisar las prioridades del territorio.
Porque nadie viene a salvar a nadie.
Hay que ir, sentarse a la mesa, particiapar, y presentar las realidades territoriales con argumentos, información y proyectos técnicamente estructurados. Un territorio no puede limitarse a pedir recursos: debe saber qué necesita, por qué lo necesita, cuánto cuesta, qué impacto generaría y cómo sus prioridades pueden articularse y aportar a la nueva visión de país.
Y hay que hacerlo pronto, porque el tiempo en política se cuenta hacia atrás.
Comienza una carrera para identificar oportunidades, construir consensos e incidir en las políticas, planes, programas e inversiones que orientarán los próximos años.
Este es un momento interesante, de mucha celeridad, sagacidad y compromiso; de actuar estratégicamente para lograr poner a cada territorio en la agenda nacional, de hacer eco para impulsar el desarrollo local, de adaptar la visión local a la visión nacional y global. Hacer que el nuevo gobierno se convierta realmente en una oportunidad para cada uno de los territorios.
Es hora de actuar
